Escritos

 

Tres segundos:

 

ACUARELA :  Mariposa de la pintura.

 

MARIPOSA:    Amapola que levó anclas

 

OBRA DE ARTE:  Misterio

 

LA OBRA DE ARTE en una casa es siempre una inversión No porque se revalorice, sino porque es el único artefacto que ni tiene cables ni hay que tapizar, ni tampoco paga impuesto de circulación. Interesante en tiempos de crisis.

 

EN LA BELLEZA,  un poco de más, es menos.

 

PINTOR:  Dícese de la persona que tiene más gusto que gasto.

 

PINTOR CONCEPTUAL: Profesor de Filosofía venido a menos.

 

OBJETIVO DEL ARTE CONCEPTUAL: Asustar al personal.  Si a usted no le ocurre, probablemente sea un espíritu recio.  De todos modos disimule como los demás, no sea que le tomen por ignorante.

 

LA BELLEZA: Algo que antes era consustancial al Arte.

 

 

 

 

BODEGONES.

 

Posiblemente los bodegones recojan mejor que cualquier otro género de la pintura, su historia.          Estas composiciones han estado presentes siempre, desde que se inventó la técnica del óleo, y si los cuadros de temática religiosa han tenido su momento o el retrato de reyes hoy lo vemos como testigos de una época pasada, los bodegones, como un tema menor, adaptándose a los gustos de cada época nunca han querido desaparecer.

Otros asuntos, caso de las composiciones de vistas de Roma fueron moda en los primeros años del XVIII y ya son hoy antiguallas para el gusto de nuestra época, pero los bodegones les sobrevivieron, tal como ocurrió con los parisinos, o los teatrales efectos de los nocturnos ruinosos del romanticismo.    Esta espléndida vitalidad del género puede que tenga dos causas bien distintas que les han hecho los incombustibles de la pintura.

Por un lado, si hacemos uso de la antropología, tratar sobre uno de los temas claves de la humanidad, la comida.   Comer es lo que hacemos más veces al día, en compañía de los demás, dos valores importantes juntos, dado que la humanidad como grupo biológico siempre hemos dependido en nuestra subsistencia tanto de alimento como de nuestra vida grupal.....somos esos hombres de las cavernas representados en cunclillas unos junto a otros, despiezando unos enormes trozos de carne.    Pintar la comida o, los animales que nos comemos fue ocupación principal de nuestros antepasados.   Más civilizados, y, muchísimo tiempo después, los flamencos inmortalizando con el novedoso óleo esos cuadros llenos de piezas cazadas, no hacían otra cosa distinta.

La otra razón, si ya nos limitamos a estas composiciones de formatos regularmente pequeños y normalmente apaisadas es de carácter más internos al hecho pictórico: los bodegones son excelentes composiciones para presentarnos al ser. A día de hoy la vida ha variado tanto que  la necesidad de alimento no es ya tan perentoria, y por ello nuestros cuadros han ido reduciendo la presencia del alimento hasta un ascetismo franciscano.

Y aquí es dónde se oficia su nuevo nacimiento.    Liberados de representar indigestos montones de caza y fruta, que hoy se ocultan en los frigoríficos, queda a disposición del pintor su gran cualidad :presentar al ser.   Casi andamos en la Filosofía.  El bodegón no representa nada, el bodegón no es símbolo de la abundancia, el bodegón no habla ya de nuestras necesidades.    Los bodegones , hoy, de manera franciscana, mitad poseedores del amor a lo olvidado, mitad ascéticos en su geometría limpia, pacientemente, nos enseñan las primuras del ser, o mejor, de los seres, cuando de éstos no nos interesa ya más que su presencia.   Presencia trascendente, que, perforando o negando el tiempo, como si de él se hubieran escapado, muestran ante nuestro ojos las existencias de los objetos más diversos.  

Morandi, Giorgio Morandi, el italiano, es un buen ejemplo de lo que aquí decimos.  Sus obras, de pequeño formato, con sus candelabros de una sola vela, sus jarras de chapa zincada  para el agua de los palancaneros, sus botellones cuadrados, toda su obra, es la repetición paciente del mismo principio.   Da la impresión de estar obsesionado con una metafísica de lo cotidiano, cuando era cotidiano ese mundo donde el nervio de la electricidad aún no había hollado.     En composiciones distintas, donde la diagonal cobra fuerza y cierto dramatismo, Cirilo Novillo presenta unas brevas, un puerro, quizá sobre un plato, y nada más.

 

 

 

Los bodegones, a día de hoy son ya pura pintura, terreno fronterizo donde la concreción y la abstracción, juntas, dan una suprema leción al arte actual, por demostrar que no se oponen, y  demuestra uno de sus más excelentes hallazgos representando la esencialidad de la vida por medio de sus cosas más simples.   

 Si este arte, el bodegón, nació de una necesidad biológica del hombre, terminando esta centuria se ha trasformado en representante del ascetismo y la simplicidad vital que no debiéramos de perder en un mundo excesivamente veloz y cargado de objetos, tal como es la sociedad que estamos, día a día, construyendo.


Podemos concluir, pues, pensando como un género menor, sa ha ido depurando con los siglos hasta alcanzar, sin perder nunca el encanto de su tamaño recoleto, los más puros valores que cualquier persona necesita hoy almacenar en los pliegues más profundos de su alma.

El bodegón ha caminado desde el alimento que nuestra naturaleza animal reclama hasta  satisfacer las necesidades del espíritu.

 

 

 

 

EL CIELO.

 

       Desde siempre la presencia de los cielos en la pintura del paisaje ha servido de mero acompañamiento. Lo sustancial es la tierra, son las montañas, o la vegetación. Este hecho lo constatamos fácilmente sólo con preguntarnos cuanto espacio se deja habitualmente para pintar lo "que no es sólido"; y la realidad resulta convincente: dos tercios del cuadro "se encuentran ocupados", y, como mucho, una tercera parte sirve de "acompañamiento"; pero hay más, este espacio vacío, los cielos, muchas de las veces únicamente sirve para acentuar y complementar la perspectiva del paisaje, que es lo mismo que decir que cumple una función secundaria, al servicio del verdadero tema. Sin embargo en algunos pintores castellanos la presencia del cielo tiene peso específico.

.        No es que pinten sólo cielos, pero sí que no es mero acompañamiento, resultando ser su fuerza, su intensidad, y su misterio el motivo principal de la obra. La explicación de este fenómeno es sencilla: Castilla, cualquiera de las dos Castillas es, en sus mesetas, tierra abierta y franca, donde el espectador encuentra ante sí una infinita línea. Puede que entonces incline la mirada hacía abajo, y el espectáculo serán los labrantíos; pero si levanta la vista, irremediablemente no encontrará mas que cielo: cielo profundo, limpio, majestuoso.

          También puede ocurrir, y ocurre, que en momentos singulares las luces del amanecer o de la puesta se encuentren en la faena divina de trasfigurar toda la realidad envolviéndola con sus claridades, o, si hay suerte, que una infinita tormenta tome el relevo con sus negros, sus rojos o sus verdes, cubriendo todo, desde oriente a occidente, tal cual si fuese una declaración metafísica sobre estas tierras trigueras de "pan llevar". En esos momentos el espectáculo solamente es el cielo. Y el pintor pinta el cielo. Pero al trasladarlo al lienzo, al hacerlo, lo que hace es reflejar la Meseta. Pero hay más. En los profundos días de febrero, cuando el sol perfora la atmósfera tras la lluvia, los cielos abren el camino vertical de la luz dando extraños amarillos que tiñen todo el campo de una manera no sé si misteriosa, pero ciertamente con una rara magia que, envolviendo la realidad, hacen de ellos, por unas horas, el milagro de color.

             Y esto choca con los tópicos de una tierra dura, agostada por la luz del verano… y horizontal. Ni lo uno ni lo otro.Y es que en este instante castilla es un paisaje vertical., quizá porque la debilidad del sol haga que su luz sea más como columnas de cristal que cuando siendo el feroz señor de los agostos aplica su ley aplastando estas pajeras de cereal. Sea como sea, tanto en invierno como en verano los cielos de las Castillas, son, para algunos pintores, Castilla en estado puro. Es por ello que en la pintura de la Meseta, de cuando en cuando aparezcan pintores cuyo tema central sean los cielos, casi casi olvidándose de todo lo demás, dándonos esta otra Castilla, despegada del terreno, poco asida a las anécdotas, de algún modo, atemporal; que roza, sin pretenderlo, la abstracción.

Pero hay más, este espacio vacío, los cielos, muchas de las veces únicamente sirve para acentuar y complementar la perspectiva del paisaje, que es lo mismo que decir que cumple una función secundaria, al servicio del verdadero tema. Sin embargo en algunos pintores castellanos la presencia del cielo tiene peso específico. No es que pinten sólo cielos, pero sí que no es mero acompañamiento, resultando ser su fuerza, su intensidad, y su misterio el motivo principal de la obra.

La explicación de este fenómeno es sencilla: Castilla, cualquiera de las dos Castillas es, en sus mesetas, tierra abierta y franca, donde el espectador encuentra ante sí una infinita línea. Puede que entonces incline la mirada hacía abajo, y el espectáculo serán los labrantíos; pero si levanta la vista, irremediablemente no encontrará mas que cielo: cielo profundo, limpio, majestuoso. También puede ocurrir, y ocurre, que en momentos singulares las luces del amanecer o de la puesta se encuentren en la faena divina de trasfigurar toda la realidad envolviéndola con sus claridades, o, si hay suerte, que una infinita tormenta tome el relevo con sus negros, sus rojos o sus verdes, cubriendo todo, desde oriente a occidente, tal cual si fuese una declaración metafísica sobre estas tierras trigueras de "pan llevar".

En esos momentos el espectáculo solamente es el cielo. Y el pintor pinta el cielo. Pero al trasladarlo al lienzo, al hacerlo, lo que hace es reflejar la Meseta. Pero hay más. En los profundos días de febrero, cuando el sol perfora la atmósfera tras la lluvia, los cielos abren el camino vertical de la luz dando extraños amarillos que tiñen todo el campo de una manera no sé si misteriosa, pero ciertamente con una rara magia que, envolviendo la realidad, hacen de ellos, por unas horas, el milagro de color. Y esto choca con los tópicos de una tierra dura, agostada por la luz del verano… y horizontal. Ni lo uno ni lo otro. Y es que en este instante castilla es un paisaje vertical., quizá porque la debilidad del sol haga que su luz sea más como columnas de cristal que cuando siendo el feroz señor de los agostos aplica su ley aplastando estas pajeras de cereal. Sea como sea, tanto en invierno como en verano los cielos de las Castillas, son, para algunos pintores, Castilla en estado puro.

 Es por ello que en la pintura de la Meseta, de cuando en cuando aparezcan pintores cuyo tema central sean los cielos, casi casi olvidándose de todo lo demás, dándonos esta otra Castilla, despegada del terreno, poco asida a las anécdotas, de algún modo, atemporal; que roza, sin pretenderlo, la abstracción.

 

 

Apresar el tiempo.

 

         El tiempo, creo, es una de las esencialidades de la pintura.  De la misma manera que a la fotografía la podemos definir por el instante ( y desde luego no es infrecuente llamarlas instantáneas) o al cine por apresar el movimiento; cuando nos acercamos a la pintura, muchas veces, lo que sentimos es el tiempo capturado, espesado, decantado.

         La experiencia es sencilla: coloquémonos delante  de una pintura y peguntémonos ¿ que tiempo refleja ese cuadro?.   Si fuera una foto es fácil que pudiésemos ubicarla en una fecha, en una hora, por las sombras, y, hasta casi, la velocidad del obturador necesaria para poderla hacer.   Todo ello se reduciría a un punto en el tiempo. Es un instante.

Pero hablemos de una pintura: ¿ qué lapso temporal abarca?

         Los impresionistas gozaron de usar tiempos cortos y su obra parece reflejar “ratos”, mientras Turner parecía espesarlo de cincuenta en cincuenta años o más.  Me viene a la memoria el “Temerario remolcado”

 

       

 

Pero hay quien llega más lejos: la Gioconda, casi se sale del calendario. ¿De que lapso temporal estamos hablando al contemplar este cuadro de Leonardo?

 

Por eso digo que el tiempo es una de las esencialidades de la pintura.

...  Y posiblemente un criterio para distinguir lo que es y lo que no es pintura.

 

 

Atrapar el Tiempo, atrapar el Instante.


         No es una proposición correcta, pero si vale como andamio para pensar: "En la acuarela se capta el instante, no el tiempo. En el óleo se conquista el tiempo, no el instante”.
         El error es claro: el instante pertenece al tiempo, o, si queremos, el tiempo se compone de instantes sucesivos. Pero, y pese a esta deficiencia, si podemos encontrar cierta verdad en ella si no somos muy chinchorreros con la lógica.
        Pensemos que en la acuarela, al menos tal como la entendemos hoy, vale la primera intención.                    Debe de ser el acuarelista persona rápida y precisa que sobre el blanco del papel tinte con colores trasparentes hasta aflorar lo que pretende. Es igual que copie de la realidad o invente, pues en ambos casos las peculiaridades del medio no le permitirán corregir, so pena de perder la presencia de los blancos que aporta el soporte. Por ello la acuarela es maestra en los instantes: cada centímetro del papel tiene su momento: se posa el pincel, deja el agua con pintura, permite que esta fluya… y ahí ya no se puede tocar… ni en húmedo ni en seco.
         También al óleo se puede hacer lo mismo, pero el óleo tiene otras peculiaridades. El óleo seca, endurece, y permite se tapado con una nueva carga.
         En el óleo es fácil, especialmente si pintamos con espátulas, ir construyendo la obra, ir enmendando las primeras intenciones, y, como si se tratase de un proceso geológico, depositando capa sobre capa. Pero esto no es cuestión de un instante, es asunto de tiempo, tiempo que son días o meses o ¿por qué no?, años.
La sorpresa, y lo que nadie parece saber, es que el cuadro pintado así, capa sobre capa, cambiando colores, matizando, volviendo a los orígenes o confirmando lo mismo ya pintado, parece como si entre sus estratos llevase la fecha de cada momento, y resultase ser como un calendario, de esos pequeños tamaño tarjeta, donde muchos días se nos muestran al mismo instante: en una única ojeada podemos contemplar todo un año, esto es "tiempo".
Una obra concebida y ejecutada así representa algo más que el paisaje o el objeto en ella reflejado: representa el tiempo… aunque con certeza no sé si es tiempo físico, de esa que miden los relojes, o tiempo humano, el tiempo de la persona que lo realizó, el tiempo de su vida, su propia existencia. Sea como fuere: tiempo.
Por todo esto, a riesgo de ser inexacto, podría decir que en el óleo podemos más que captar instantes, "desarrollar eternidades". La frase es pretenciosa, pero ¿cómo decirlo mejor?

 

 

El pintor como intermediario.  

 

Imaginemos a una persona que contempla ensimismada un paisaje. Tendremos entonces dos elementos, uno el propio paisaje(a) y dos, al espectador (c); esta es la situación que podríamos considerar "normal". Pero ahora pensemos en otro caso: imaginemos que se da el paisaje (a), también tenemos al espectador (c), pero entre "a" y "c" contamos con un intermediario "b", el pintor. Esta es la situación "no normal".     

Cuando alguien contempla una pintura caemos en esta segunda situación, que, no por ser cotidiana , deja de ser un fenómeno curioso. En ella el espectador mira la realidad a través de la obra de otra persona, de los ojos distintos y a veces distantes del autor, obteniendo otro punto de vista sobre el entorno que le rodea.         Concluiremos entonces que la presencia del pintor y su obra es un elemento que conduce la mirada del espectador, unas de las veces limitándola, otras, enriqueciéndola, pero eso sí, siempre alterándola. Esta es, pienso yo, la esencia de la pintura: la función de intermediación.

         Por otra parte,  si una obra de arte no tuviese esa capacidad deberíamos dudar de su calidad. Esta observación es pertinente pues con frecuencia dudamos o sencillamente nos sentimos sin criterio para valorar qué sea una obra de arte. Una obra de arte necesita para llegar a serlo, entre otras cosas, ser una mirada inteligente sobre la realidad que aporte algo al espectador, que le de algo que él por sus propios medios o nunca alcanzaría o tardaría mucho en hacerlo.

 

 

La abstracción.

 

Toda pintura es un proceso de abstracción. El pintor, a diferencia de la máquina fotográfica, tiene unos límites impuestos por su técnica que le obligan a seleccionar aquello que quiere reflejar; sólo en raras ocasiones un artista plasma lo que tiene delante con fidelidad fotográfica.

Lo frecuente es que decida los aspectos interesantes o significativos de la realidad a representar y centrándose en ellos, desprecie otros elementos que nada aportan a sus intenciones. En este momento está realizando una abstracción: abstrae o quita elementos, prescinde de ellos.

Vistas las cosas así, todo cuadro es una abstracción de la realidad, todo cuadro es "abstracto" en mayor o menor medida. Sin embargo en el uso común solamente llamamos pintura abstracta a aquella donde este proceso llega a extremos notables. El tope sería un lienzo sin pintar: abstracción total del color y el dibujo. Pero no es necesario llegar a tanto, pues entre la fidelidad fotográfica y la abstracción total, queda un campo inmenso con muchas posibilidades, por las que la pintura de hoy puede caminar cómodamente, siendo el criterio del pintor quien ponga los límites conforme a sus intenciones estéticas.

Quiero suponer que este modo de obrar es una de las mejores soluciones para una pintura contemporánea, alejada a la vez de los excesos tanto del realismo fotográfico de algunos de nuestros clásicos como de una abstracción dura, tal como se realizó cuando a principios del XX, abrieron, así, este nuevo modo de trabajar a la pintura

 

 

 

La pintura, símbolo mas que copia.

 

Dicen que la vista en los humanos ve más cosas que la vista en los simios. No se trata de que nuestro ojo sea más fino para los colores ni que tenga más agudeza en las líneas. El asunto es otro: nuestro cerebro cuando tenemos una realidad delante no sólo ve lo que hay sino que percibe los contenidos simbólicos y emocionales de esa imagen.

Para nosotros, los humanos, el mundo en que vivimos se encuentra cargado de significado y a nadie se le pasará por alto que una de nuestras mayores necesidades desde el punto de vista personal es precisamente ésta: encontrar el "significado", "el sentido" de la vida, o, sencillamente, darle "sentido". Sentido y significado van parejos.

Es más, nuestra propia felicidad personal solamente se alcanza cuando encontramos el sentido de nuestra existencia. Esto es así. Por eso nuestro cerebro busca en las imágenes que el ojo le ofrece algo más que la mera noticia de un objeto exterior: busca los contenidos simbólicos para encontrar el sentido. "Sentido" que necesitamos imperiosamente para vivir como humanos.

Veamos, por ejemplo, este cuadro de Morandi: ¿que importa más, la noticia o el simbolismo? La noticia es clara aunque poco cuidada: unos objetos domésticos. El simbolismo...¿ qué nos está diciendo?

Pero si esta obra parece que nos lleva de la mano por tiempos ya pasados, y es casi como si hubiera querido situarnos en nuestra infancia, esta otra es más inquietante.

¿De qué está hablando aquí? Los objetos los vemos, pero ¿qué simboliza?. ¿qué representa? Desde luego tiene más potencia su valor simbólico inquietante que su capacidad para reflejar unos objetos con exactitud.

Y ahora viene la pregunta: en la pintura ¿qué debemos de hacer?, ¿reflejar la realidad o dotarla de simbolismo?, ¿copiar o inyectar?

Bueno... realmente en todo lo dicho ya está la respuesta.

Eso sí, siempre que partamos del supuesto de que la obra de arte debe de cumplir una función en nuestras vidas, la más importante de todas las funciones: ayudarnos a vivir.

 

 

 

. Castilla es presencia

La belleza, como punto de arranque en la pintura, es un buen planteamiento aunque hoy en día se ponga en entredicho por las corrientes más vanguardistas.  Lo bello es, por si mismo, un valor de primera magnitud, aunque si embargo la dificultad viene después puesto que lo bello por si mismo, aún siendo tan importante, no es suficiente para justificar la existencia de la obra

La belleza con ser mucho no nos satisface más allá de los primeros instantes.  Algo bello como puede ser una puesta de sol en las tardes de este otoño  por donde la Nava busca el horizonte, aunque nos impacta, no nos provoca una situación duradera en nuestro espíritu.  Si que es muy potente pero ¿por cuánto tiempo?, ¿media hora?

Por ello en la pintura debemos de incorporar otros valores más duraderos, pero, ¿cuáles? Deben de ser valores que  toquen otros registros de nuestro espíritu más allá de lo puramente hermoso.

Castilla, nuestros campos de Castilla, ni son gráciles ni resultan amenos como la montaña, o el mar, o las tierras de Cantabria, pero ¿qué valores tienen que les sean propios, que  sean sus señas de identidad?

Mi apuesta es por la “presencialidad”.

En los campos de Castilla, en Tierra de Campos, vagabundeando por sus rastrojeras y mirando y recreando desde la lejanía sus pueblos, sus tenadas, sus bodegas, siempre hay algo constante ante el espectador y es que esta tierra nuestra se deja ver únicamente como una “esencialidad”…  diríamos que como un tratado de metafísica.

Únicamente  cuando la miras como sin mirar, cuando la buscas sin pretender la anécdota, cuando la dejas hablar a ella desentendiéndote de tus cosas, entonces ella, magnífica, se manifiesta con el silencio de sus ocres, con las siluetas de sus aldeas y también con sus murmullos y olores.

En ese momento  se trata únicamente de llevar eso al lienzo.  Eso sí, con las propias limitaciones que ella te ha impuesto: no se debe cruzar la raya. Hay que expresar lo que ves delante, hacer constancia con la paleta de su “presencialidad”, limpia, desnuda, cargada de memoria y abandono, de historia y de paciencia en la espera de un nuevo futuro. Se trata de contar esto y nada más que esto, sin concesiones a ningún añadido, que los pinceles no engañen al pintor.

 

 

 

Los Pintores de la Meseta, los pintores mesetarios.

         Normalmente cuando hablamos de pintura de paisaje solemos, supongo que inconscientemente, imaginar campos verdes, arboledas y un fondo de montañas. Ese es el paisaje por antonomasia. Ese es el paisaje europeo, el mismo que, adaptado a nuestro gusto trajo Carlos de Haes desde su Bélgica natal hasta su Cátedra de Madrid allá por la segunda mitad del XIX………Sin embargo, España, con sus crisis de identidad, con su generación del 98, con sus pensadores como Unamuno o pintores tal que Zuloaga, fueron abriendo camino a una concepción distinta de este género pictórico que, con el paso del tiempo, desemboca en esos artistas que bien se pueden llamar "pintores mesetarios".

         Son los "pintores mesetarios" aquellos que, sin renunciar a la peculiaridad de la pintura del paisaje como una pintura descriptiva, narrativa, lo hicieron, cambiando los colores de la paleta, centrándose en la búsqueda del profundo desnudo que tenemos en la geografía de ambas mesetas. Estos pintores, bajo cuyo magisterio quiero yo también hacer mi obra, narran una historia, frecuentemente fuera del tiempo, que nos sitúa ante un tipo de realidad tan descarnada como bella.

         Frente a las composiciones gratas, amables, de otros estilos, por cierto, nada desdeñables, estos son autores de esencias, buscadores de intangibilidades, perseguidores de la minimalidad, casi casi abstractos, sin pretender serlo, quienes posando sus pinceles sobre una realidad concreta extraen de ella aquello que siendo casi nada, lo es todo.

…..Y esto se refleja en su obra. Como ejemplo de ello, propongo la figura de Martínez Novillo quien desde su ascetismo pictórico nos presenta una visión de la Mancha verdaderamente interesante, poblando sus lienzos de insondables llanuras.

         Dentro de estas mesetas,”La Mancha” y "Tierra de Campos", es  esta última perteneciente a Castilla la Vieja, posiblemente, una de las zonas geográficas con personalidad más definida de la geografía española. Sus peculiaridades son dos: unas llanuras onduladas donde la arcilla y el cereal son sus señores absolutos, con casi total ausencia de cualquier otra cosa, otra, los pueblos edificados en barro, en adobe, que por ser de la misma tierra, se mimetizan con el paisaje. No creo que en toda Europa se encuentre algo parecido.

 

 

          El desafío es pintarlo, y sobre todo, hacerlo, intentando captar, fuera de toda anécdota, sus rasgos esenciales y definitorios. Joaquín Vaquero Palacios, pintor asturiano, residente en Madrid y Segovia, pero que, cruzando nuestras tierras desde el tren, capta de una manera maravillosa y esencialista, con toda la fuerza de quien fue conocedor del expresionismo, la verdadera dimensión estética de estas tierras, es un buen ejemplo de ello. Capta Castilla, esta Castilla que es la verticalidad de la tierra que, por mano del hombre, se levanta sobre la otra tierra, la horizontalidad geológica, sin más ayuda que la misma tierra y las manos de los castellanos.

         Su pintura es una interesante manera de entender el paisaje y qué sea eso de la belleza, a la par que una excelente percepción sociológica de esta tierra.…incluyendo la ausencia de ventanas en los edificios. ¿Será esto último un reflejo del ensimismamiento castellano, alejado de la periferia donde se cuece la modernidad?. Digamos que a la finura sociológica, Joaquín Vaquero le añade una excelente sensibilidad psicológica.

… Pero quizá uno de los mejores exponentes del paisajismo sobre la mesetas castellanas sea el de Juan Manuel Caneja con su visión árida y cubista de las llanuras de Tierra de Campos. De algún modo podemos considerarle un franco tirador que aúna en su obra los nuevos vientos de la pintura desde el magisterio disciplinado y riguroso de Daniel Vázquez Díaz, representando una visión notable de la Castilla yerma, dominada por la ausencia de todo. Gran parte de su obra es una continua reiteración del mismo tema, haciendo bueno ese dicho de "pintor de un solo cuadro". Será difícil decir si es falta de creatividad o, por el contrario, es la voluntad tozuda de profundizar en una misma realidad, sin separarse ni un milímetro del mismo objetivo en toda su vida.

         Caneja es como una barrena sobre el paisaje: su hacer, a base de tanto dar vueltas sobre lo mismo, le lleva a producir una quintaesencia. No son ya lienzos pintados, sino la depuración del cuadro, llegando con ello a la mejor característica de su arte: una obra de esencias.

         Pintar para Caneja es, sencillamente, hacer metafísica sobre Castilla. A día de hoy, con tanta necesidad de originalidad, es de agradecer el empeño de alguien que cambió la originalidad por "ir al origen" de la verdadera realidad. Digamos que por ello dignificó la pintura.

         Resumiendo: Novillo, Caneja, Vaquero Palacios, Redondela… y otros muchos más, son autores que han explorado y exploran una pintura del paisaje, distinta y novedosa, que se ciñe a una de nuestras señas de identidad, como es la geografía de Las Dos Mesetas, ofertándonos algo nuevo (sólo cien años), que nos permite a otros seguir por un camino ya consolidado, siempre y cuando, como ellos hicieron, queramos hacer una pintura española, renunciando a otros derroteros más en la línea de las nuevas vanguardias.  Pero es que su obra, si no de vanguardias, si es, cuando menos, moderna, y, con absoluta seguridad, honesta.

 

 

 

 

 

                              

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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